Desde el año 2001, cuando el estado legisló las salas con máquinas tragamonedas, ellas se las arreglaron para multiplicarse en cada posible esquina de la ciudad. Incluso las panaderías pueden ahora levantar la cabeza con su comportamiento de honor, sirviendo entre otras cosas, tragamonedas. Sin embargo, Northern Panhandle está viendo lastimarse a algunas personas como resultado de esta excesiva inflación de los juegos electrónicos.
Cuando los legisladores eligieron a las salas de tragamonedas como un medio para generar ingresos adicionales para pagar programas de gobierno, las indigentes comunidades de Weirton se aferraron a la idea y la llevaron a niveles mucho más elevados. Lo que alguna vez fue considerado un remedio temporal para Northern Panhandle, aquí se convirtió en un hábito adictivo. Si bien dos casinos en hipódromos han creado facturación para el estado, éstos también le han hecho una triste reputación de haber legalizado el juego.
Muchos ciudadanos sienten que su dinero ha sido desperdiciado, cuando accidentalmente encontraban a uno de los miembros de su familia jugando sigilosamente y desechando lo que habían ganado con mucho esfuerzo. El pastor Jim Rhodes es un antiguo miembro de la comunidad, que ha residido allí durante los últimos 20 años. El aún recuerda las veces en que la ciudad estaba llena de promesas y nunca creyó que tendría que tratar con el juego de las tragamonedas en su ministerio. Su misión ahora es la de alertar a los vecinos acerca de los peligros inminentes del juego compulsivo.