En noviembre de 2003, las tribus indígenas han caído víctimas de un supuesto delito racial menor, cuando los votantes apoyaron simultáneamente la infusión de cientos de máquinas tragamonedas en Bangor Raceway y cortaron el paso del establecimiento de un casino gigante en el sur de Maine. En ese momento, varios líderes tribales insistieron en que las decisiones divididas eran una clara señal de prejuicio racial para con los indígenas. Esta declaración fue seguida por una rápida negación por parte de prácticamente todos los de fuera de las reservas.
El referéndum de las máquinas tragamonedas, sin embargo, no fue conducido por el racismo, sino por razones puramente culturales, económicas y sociales. Angus King, en ese momento gobernador, dibujó casi convincentemente un triste cuadro describiendo cómo el inminente cambio en la imagen, la integridad, el entorno y la ética de las familias, podría crecer con la instalación de dichas enormes empresas de máquinas tragamonedas. Y el quid de la cuestión es que la mayoría de los ingresos no quedarían dentro de los límites del estado sino que fluirían hacia el oeste a los casinos indígenas de Las Vegas.
Si bien la iniciativa de plantación de tragamonedas en Bangor Raceway fue percibida como una iniciativa inocua, llevada a cabo principalmente por el deseo de alinear de alguna forma a la destruida industria de las carreras, la propuesta de lanzar un casino en las reservas parecía mucho más amenazante. En consecuencia, las tragamonedas en las pistas de carrera se metieron sigilosamente dentro de la ley mientas todo el mundo estaba ocupado con el asunto de los casinos masivos.
|