Las máquinas tragamonedas, como un medio para el no desfallecimiento de la economía y el impulso de las escuelas, no han sido más que una astuta movida de marketing. La tendencia de “sí a más escuelas con tragamonedas” ha sido esencialmente engendrada con la misma ética que sugiere que las rechonchas amas de casa consuman bocadillos para la reducción de muslos, o que un indisciplinado veiteañero beba cerveza para transformarse en un encantador mujeriego.
El senador Geller, un demócrata de Hallandale Beach, se ha convertido durante las pasadas semanas en el matón de la industria del juego, cuando Beverly Gallagher del Consejo Escolar Broward, pidió impuestos del 50% sobre los ingresos de las tragamonedas para implementar en las escuelas. Su venerable expresión fue distorsionada repentinamente por una implacable cólera como si el pedido fuera una afronta personal hacia él.
Obviamente, la legalización de las tragamonedas fue vagamente relacionada a las escuelas; de lo contrario, la Escuela del Condado de Broward no habría sido apartada de esta manera. Este tema parece ser más bien turbio y mucho más complejo de lo que aparenta. Geller, quien quiere simplemente el 30 por ciento para la educación, despertó un feroz debate cuando Gallagher sugirió el 50 por ciento, como si la diferencia provendría de su propio bolsillo. Él cuida que el Consejo Escolar no se mezcle demasiado con los asuntos comerciales de las tragamonedas de los que no sabe nada.